martes, 25 de febrero de 2014

Amar la soledad



Amo la soledad a través de la cual Dios me habla desde el infinito silencio de su Palabra eterna.

Amo la soledad que me sana las heridas infligidas por la hosca banalidad de un mundo enloquecido y ciego para contemplar la Verdad.

Amo la soledad que persiste dulcemente en mi corazón, que no se diluye en el comunitarismo iluso que la mundanidad me ofrece cada día.

Amo la soledad que me enfrenta a mi propio misterio, aunque ello me produzca vértigo.

Amo la soledad sonora y la música callada que amó san Juan de la Cruz.

Amo la soledad que reside en lo más hondo del Sacrificio que celebro sobre el altar.

Amo la soledad de Cristo que huyó del entusiasmo de la masa que pretendía proclamarle rey porque había llenado sus estómagos.

Amo la soledad del Pan de Vida en el sagrario.

Amo a la soledad que me une a mis hermanos y a la infernal soledad de mis hermanos pecadores.

Amo la soledad que me transporta sufrimiento atroz de Filipinas, al martirio y la muerte de mis hermanos en la fe de Siria, Irak y Medio Oriente.

Amo la soledad que me lleva a compartir el doloroso ahogo y la convulsión de las entrañas de la Iglesia Esposa del Señor y Madre mía.

Amo la soledad del amor, no el aislamiento del orgullo pseudo-aristócrata.

Amo la soledad de la Cruz que sostiene a Cristo muerto.

Amo la soledad matinal del Resucitado.

Amo la soledad fecunda de la Virgen Madre.

Amo la soledad que me hace más humano o, lo que en definitiva es lo mismo, más cristiano.

Amo la soledad y el silencio que me preservan de la grotesca irrupción de la verborrea mundana y eclesiástica que no dejan de acosarme cada día.

Amo la soledad más sola, la de la hermana muerte que un día me abrirá las puertas de la Vida.

Amo la soledad nada fácil de sacerdocio que quiere ser fiel, resistiendo los embates del secularismo que podría convertirme en líder populista aplaudido y admirado a costa de la fidelidad que le debo a mi Señor Jesucristo.

Amo la soledad sangrante compartida con mis hermanos del mundo entero, hijos de la Iglesia, que en estos tiempos se encuentran en la incertidumbre.

Amo, después de todo, la árida soledad de mi condición de pecador porque ella me impulsa a encontrar refugio en los brazos de la Misericordia.

Amo la soledad del Misterio que late en el fuego blanco de la Hostia.


Gracias, Señor, por la soledad

Por Don Rubén Eduardo Martínez-Cordero, sacerdote.

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